ARGENTINA E INGLATERRA: EL PARTIDO QUE NUNCA TERMINA Y OTRA CITA CON LA HISTORIA
Hay partidos que definen un finalista y hay partidos que quedan para siempre. Argentina e Inglaterra pertenecen a esa segunda categoría. No importa el año, el estadio o la generación que salte al campo. Cuando ambas selecciones se cruzan en una Copa del Mundo, el fútbol deja de ser únicamente un juego de noventa minutos para transformarse en una sucesión de recuerdos que atraviesan décadas.
La semifinal del Mundial 2026 vuelve a reunir a dos potencias que construyeron una de las rivalidades más intensas de la historia del torneo, una historia escrita con polémicas, gestas inolvidables, héroes inesperados y un protagonista eterno llamado Diego Armando Maradona.
El primer capítulo se escribió en Chile 1962. Inglaterra derrotó 3-1 a Argentina en la fase de grupos y el resultado pasó casi desapercibido con el paso del tiempo. Nadie imaginaba que cuatro años más tarde comenzaría una rivalidad que todavía sigue alimentando debates y emociones.
Inglaterra organizó el Mundial de 1966 y el destino puso frente a frente a ambos equipos en los cuartos de final.
El partido terminó 1-0 para los ingleses, pero el marcador quedó eclipsado por uno de los episodios más discutidos de la historia del fútbol. Antonio Rattín, capitán argentino, fue expulsado por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein en una época en la que todavía no existían las tarjetas amarillas ni rojas. El futbolista nunca entendió el motivo de la decisión. Tampoco podía dialogar con el árbitro porque ninguno hablaba el idioma del otro.
La protesta de Rattín, que falleció ayer, quedó inmortalizada. Permaneció varios minutos sobre el césped, se sentó sobre la alfombra preparada para el ingreso de la Reina Isabel II y abandonó el campo entre silbidos, estrujando un banderín de inglaterra. Aquella escena fue tan impactante que años después el responsable arbitral de la FIFA, Ken Aston, impulsó la creación del sistema de tarjetas amarillas y rojas que debutó en México 1970. Un Argentina-Inglaterra cambió para siempre la forma de arbitrar el fútbol.
La tensión aumentó cuando el seleccionador inglés Alf Ramsey prohibió a sus jugadores intercambiar camisetas con los argentinos y los calificó como «Animals» (animales). Aquellas palabras cruzaron el Atlántico y quedaron grabadas en la memoria colectiva del fútbol argentino. Desde entonces, cada nuevo enfrentamiento adquirió un significado diferente.
Pasaron veinte años para volver a encontrarse en una Copa del Mundo, pero la espera valió una vida. México 1986 entregó uno de los partidos más famosos que haya conocido el deporte. Argentina e Inglaterra llegaron a los cuartos de final con una carga emocional imposible de ignorar. Apenas cuatro años antes se había desarrollado la Guerra de las Malvinas y el partido despertó sentimientos profundos en ambos países. Aunque el fútbol nunca reemplaza a la historia ni a la política, para millones de argentinos aquel encuentro tenía un valor simbólico muy especial.
Y ENTONCES APARECIÓ DIEGO.
Primero llegó la jugada que el mundo conoce como la «Mano de Dios». Maradona saltó junto al arquero Peter Shilton y desvió el balón con la mano izquierda. El árbitro Ali Bin Nasser no vio la falta y validó el gol, el resto pertenece al patrimonio del fútbol. Días después, el propio Diego explicaría aquella acción con una frase que ya forma parte de la cultura popular: «Un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios.»
Inglaterra jamás aceptó aquel gol. Argentina lo convirtió en una de las imágenes más emblemáticas de su historia deportiva. La discusión continúa casi cuarenta años después.
Sin embargo, la grandeza de aquella tarde no quedó resumida en una polémica. Apenas cuatro minutos más tarde, Maradona tomó el balón en su propio campo y realizó una carrera imposible. Eludió ingleses uno tras otro hasta dejar sin opciones a Peter Shilton. Ningún relato alcanza para describir lo que sucedió en el estadio Azteca. La FIFA terminó reconociendo aquella conquista como el mejor gol en la historia de los Mundiales.
Dos goles. Uno discutido hasta hoy. El otro admirado incluso por quienes sufrieron la derrota. Ningún futbolista ha logrado reunir semejante contraste en apenas unos minutos.
Argentina ganó 2-1 y siguió camino hacia el título mundial. Inglaterra regresó a casa con una herida que todavía permanece abierta en su memoria futbolística.
Doce años después llegó Francia 1998 y otra página inolvidable.
El partido fue una demostración de talento, carácter y dramatismo. Gabriel Batistuta abrió el marcador mediante un penal. Alan Shearer respondió de la misma manera. Luego apareció Michael Owen, con apenas dieciocho años, para firmar una de las mejores corridas que recuerde una Copa del Mundo. Cuando Inglaterra parecía controlar el encuentro, Argentina sorprendió con una brillante jugada preparada que terminó con Javier Zanetti marcando el empate.
La tensión alcanzó su punto máximo en el segundo tiempo.
David Beckham reaccionó con una patada desde el suelo sobre Diego Simeone. El árbitro mostró la tarjeta roja sin dudar. La expulsión marcó la carrera del mediocampista inglés durante muchos años. En su país fue señalado como el responsable de la eliminación y convivió durante largo tiempo con críticas que excedían lo deportivo.
Los penales escribieron otro nombre en la historia argentina.
Carlos Roa detuvo el disparo de David Batty y clasificó a la Albiceleste a los cuartos de final. Mientras los jugadores corrían a abrazar al arquero, otra escena inolvidable quedaba archivada para siempre en los Mundiales.
El siguiente encuentro llegó en Corea y Japón 2002. Inglaterra ganó 1-0 gracias a un penal convertido por Beckham. Para muchos fue la revancha personal del capitán inglés después de la amarga noche de Saint-Étienne. Argentina, dirigida por Marcelo Bielsa, quedó eliminada en la fase de grupos pese a llegar como una de las grandes favoritas al campeonato.
Durante casi un cuarto de siglo ambos caminos no volvieron a cruzarse en una Copa del Mundo. Hubo generaciones enteras que crecieron escuchando historias sobre Rattín, Maradona, Beckham y Roa sin ver un nuevo enfrentamiento mundialista. Ahora, la espera terminó.
La semifinal de 2026 vuelve a colocar frente a frente a dos selecciones que jamás protagonizaron un partido indiferente.
Inglaterra llega con un equipo competitivo y con el deseo de regresar a una final. Argentina vuelve a instalarse entre los mejores del torneo impulsada por una tradición que convirtió las grandes noches mundialistas en parte de su identidad.
Cada aficionado tendrá sus propios recuerdos. Algunos evocarán la protesta de Rattín en Wembley. Otros volverán una y otra vez al puño izquierdo de Maradona elevándose por encima de Shilton. Muchos elegirán aquella corrida imposible que convirtió al Diego en una figura inmortal del fútbol. Habrá quienes recuerden la roja de Beckham, el temple de Simeone o las manos salvadoras de Carlos Roa. Todos esos episodios forman parte de una misma historia.
Porque Argentina e Inglaterra nunca jugaron un simple partido de Mundial. Cada enfrentamiento dejó imágenes que sobrevivieron al paso del tiempo y se incorporaron al patrimonio del fútbol.
La rivalidad nació en 1966, alcanzó su punto más alto en México 1986 y siguió alimentándose con nuevas páginas en Francia 1998 y Corea-Japón 2002.
Ahora el destino ofrece otra oportunidad para escribir un capítulo más. La pelota volverá a rodar, pero detrás de cada pase viajarán los recuerdos de Wembley, del Azteca, de Saint-Étienne y de Sapporo. No será únicamente una semifinal. Será el reencuentro de dos camisetas que llevan más de sesenta años construyendo una historia que ningún Mundial ha conseguido igualar.
Soy periodista, soy fanático del fútbol, además soy sudamericano “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte TETRACAMPEÓN”.


